Casa Arturo Quintana – Arq. Augusto H. Álvarez y Arq. Jorge Flores

Bitácora Arquitectura 40, Facultad de Arquitectura UNAM

Autor: Arturo Rivera y Michelle Rivera

Publicado: Mayo 8 del 2019

Uno de los lugares más emblemáticos de la Ciudad de México es Jardines del Pedregal, y no sólo por su privilegiada ubicación al sur de la metrópoli, sino por su arquitectura y su interesante topografía, que la convierte en una zona sensible al estar estrechamente ligada a una de las reservas más grandes y más protegidas de la Ciudad de México. Sería interesante reflexionar sobre cómo se abrió paso en el Pedregal un fraccionamiento con esta importancia, en una zona que a finales de los 40 parecía un desacierto por su lejanía del centro de la ciudad, sin mencionar su complicada topografía: esas rocas de lava volcánica que parecían cubrirlo todo y hacían casi inimaginable que alguien quisiera vivir ahí debido a lo caro que sería limpiar los terrenos.

Fue a inicios de la década de los cuarenta cuando Luis Barragán, cautivado por los paisajes del Pedregal, decidió adquirir una propiedad que le diera la oportunidad de diseñar algunos jardines. Posteriormente tuvo la idea de un lujoso fraccionamiento tipo campestre, para lo cual se asoció con los hermanos Bustamante Aguirre, con quienes adquirió paulatinamente casi 500 hectáreas. Tales fueron los inicios del fraccionamiento Jardines del Pedregal de San Ángel, en donde se materializarían las ideas de Barragán de generar un diálogo armónico entre lo construido y lo natural, enmarcando la esencia y la belleza del sitio con una arquitectura moderna.

Actualmente, esta zona vive bajo la constante amenaza de la especulación inmobiliaria, de la densificación poblacional y de áreas construidas, así como del olvido o desconocimiento del valor patrimonial de las casas originarias después de las primeras décadas de consolidación del fraccionamiento. Resultado de ello han sido la destrucción, tanto del suelo volcánico y sus prominencias, como de los inmuebles, o la transformación en su apariencia y funcionamiento original. Aunque aún existen diversos inmuebles de valor histórico con características propias de la arquitectura moderna, en muchos casos se han vuelto insostenibles por sus grandes dimensiones, o bien, al ser de mayor practicidad los espacios más pequeños, los propietarios se han visto en la necesidad de plantear soluciones como la división del terreno original o su posterior subdivisión bajo un régimen en condominio para así poder conservar el inmueble original, con adecuaciones o remodelaciones.

Un ejemplo interesante de ello es la emblemática casa Quintana, que a pesar de un largo proceso de transformaciones, derivadas de cambios sociales, económicos y culturales, conserva gran parte de su aspecto original. La casa Quintana fue diseñada por el arquitecto Augusto H. Álvarez y por su colaborador Jorge Flores Villasana y se ubica en la calle Fuego, al sureste de lo que fue la segunda sección del fraccionamiento –el predio colinda con la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel (REPSA) de la UNAM. Fue proyectada en 1964 y construida en 1965, a petición del ingeniero y empresario Arturo Quintana Arrioja, dueño de la maderería aq Industrial y quien adquirió este terreno de 3 000 m2 cuando el fraccionamiento comenzó a establecerse. En un principio este espacio fungió como jardín de descanso para él y su familia; contaba únicamente con una piscina y una terraza que se utilizaba para dar vida a los eventos sociales de los Quintana. Sin embargo, unos años más tarde, el empresario tuvo el deseo de vivir en este espacio, por lo que le pidió a un gran amigo de la familia, Augusto H. Álvarez, que se encargara del diseño de la que sería su nueva residencia.

Augusto H. Álvarez, conocido por grandes obras como la Torre Latinoamericana y el aeropuerto de la Ciudad de México, es un arquitecto de renombre y relevancia en México, debido a que introdujo novedosos métodos de construcción industrializados al país. La arquitectura de Álvarez se enfocaba en proyectos a gran escala, ya que para él la construcción de vivienda no representaba un negocio viable, por lo que generalmente rechazaba este tipo de propuestas. Sin embargo, en su trayectoria haría algunas excepciones, entre ellas el diseño de la casa para su amigo Arturo Quintana, el primero de sus dos únicos proyectos en el fraccionamiento: uno en la calle de Colorines, y éste, en la calle de Fuego. Esta construcción fue importante en su trayectoria, debido a que representa una nueva etapa de la arquitectura de Álvarez, donde el cristal y el acero darían paso a una arquitectura con menos vanos, más pesada, de concreto visto y cuidadosamente terminado, pionera en México en la utilización y experimentación con este material, que en la época resultó novedoso e interesante.

Para la elaboración del programa arquitectónico fueron considerados aspectos muy específicos de las costumbres de la familia Quintana, de las cuales resaltaba su amplia vida social. El diseño original, que superó los 700 m2 en total, respetó lo ya construido y permitió que los árboles de los jardines se mantuvieran en su sitio, al diseñar la casa como un elemento ubicado en la parte posterior del terreno, flotando sobre parte de la piscina y apenas tocando las rocas volcánicas tan características del sitio.

Para el desarrollo de la vida social de la familia, se diseñaron dos terrazas en la planta alta. Una de ellas es una plataforma que comunica hacia el jardín posterior; la otra, en la fachada principal, está cubierta, y al estar prácticamente en el vestíbulo, tiene continuidad hacia la azotea, a la que se llega por la emblemática escalera de caracol que aún se conserva.

La residencia está conformada por un edificio principal sostenido por ocho columnas de concreto. La ubicación de este volumen en forma per-pendicular al sentido alargado del terreno logra dividir los 3 000 m2 en dos amplios jardines. La distribución del proyecto original y del actual se desa-rrolla en un edificio de tres niveles, de los cuales predomina el de en medio, ya que la mayor parte del programa arquitectónico se resolvió en una sola planta, solución muy común en el Pedregal. El acceso a la casa se diseñó a través de una escalinata amplia que desemboca en una antesala, la cual distribuye el flujo hacia todos los espacios.

también para el esparcimiento: en los planos originales se dibujó una plata-forma circular, pensada para acomodar una orquesta, al lado de una pista de baile, sin embargo, jamás se ejecutó. Anexo a la barda, se construyó un pequeño pabellón de juegos de billar. Finalmente, al fondo del terreno, se modificó la topografía para lograr un nivel plano con tierra y pasto y así facilitar las actividades en eventos sociales.Otra de las peticiones de Quintana consistió en un estudio en el que pudiera tener tranquilidad y privacidad, el cual se diseñó en la azotea, junto con un pequeño observatorio astronómico, mismos que generaron una forma plástica3 con muros semicurvos y cubierta inclinada. Una de las características más importantes del diseño de los espacios fue el notable uso de madera en mobiliario fijo y puertas, así como el piso de la terraza posterior, los falsos plafones y el piso del estudio superior. Esto imprimía un poco el sello de la empresa de Quintana, que abasteció el proyecto, tanto para el mobiliario como para algunos elementos arquitectónicos e inclusive para su construcción.

La distribución de la casa se resolvió en tres partes, con un diseño introspectivo generalizado –salvo en las áreas sociales mencionadas anteriormente y la recámara principal, que contaba con grandes ventanales–; algunas áreas eran iluminadas con luz cenital, como los baños de los dormitorios, y otras, por cubos de luz que ofrecían vistas hacia los árboles que atravesaban el nivel principal de la casa. Estos cubos estaban en áreas que originalmente fueron la cocina y el antecomedor, la habitación principal y su baño.

En el costado izquierdo de la casa se encontraba el área privada con las habitaciones, conformada por cinco dormitorios en total: tres de estos orientados al poniente y los otros dos –incluyendo el principal, que además tenía un cubo de luz–, al oriente, así como los baños. Al centro se ubicaban el vestíbulo de entrada, la estancia, la terraza cubierta, un estudio semipúblico y la emblemática escalera de caracol que conecta con el estudio de Quintana. Estas áreas se privilegiaron al abrirse con grandes ventanales hacia el jardín posterior y por compartir la terraza de madera. Por último, a la derecha del comedor: otra estancia, la cocina, el desayunador con vista al árbol y al cubo que permitía la entrada de luz cenital, y el área de servicio conformada por un dormitorio, baño, cuarto de lavado y patio de tendido.

En la fachada frontal resaltan las ventanas de guillotina, diseñadas por el taller del arquitecto Juan Robles Gil, con un sistema especial de rieles y guías de acero. Esta fachada tiene un gran protagonismo por su volumen imponente, sólido, masivo y horizontal de casi 40 m de largo, que se abre parcialmente al exterior con apenas cuatro ventanas y la terraza cubierta, mientras que la fachada posterior se muestra más ligera y transparente con paños opacos y grandes ventanales que integran el jardín con las áreas socia-les, mismas que comparten la gran y vistosa terraza de madera con estructura metálica que, al estar empotrada en las trabes de la casa, permite que se prolongue varios metros sin apoyos sobre la roca volcánica.

Tras la partida de Quintana, la casa permaneció en su familia y con el tiempo fue puesta en renta. Sus habitantes comenzaron a hacer modificaciones menores y algunas mayores, de las cuales, las más significativas fueron la construcción de una nueva área de servicio en parte de lo que fue el área social en planta baja, lo que ocasionó que la apariencia de planta libre en esa parte de la casa se redujera. Otro cambio considerable fue la reducción del cubo de luz con el que contaba la habitación principal, su vestidor y su baño, que ayudaron a configurar su disposición, además de ofrecer la posibilidad de iluminación cenital y una vista privada a los árboles que los atravesaban por en medio. Sin embargo, la desaparición del cubo de luz que separaba al baño del vestidor de esta recámara dejó al árbol del primer patio en un espacio muy reducido y sofocante por los vidrios que casi llegaban a los bordes de su tronco. Una nueva casa fue construida en el extremo poniente del gran predio, con características muy diferentes a las de la casa original, lo que generó gran disparidad con sus techos inclinados de teja, los colores de sus muros e incluso por sus planos con ángulos no ortogonales, que en conjunto no armonizaron con la casa principal.

Con el paso del tiempo y sus diferentes dueños, la casa principal comenzó a deteriorarse, hasta que en el año 2012, Plutarco Barreiro –arquitecto egresado de la UNAM– y su colega encontraron este inmueble a la venta y decidieron comprarlo en conjunto para rehabilitarlo, de manera que planearon dividirlo internamente para albergar dos residencias en el mismo volumen. En el proceso de adquisición de la casa, el colega de Plutarco Barreiro tuvo que retirarse de los planes y ésta pasó a manos de un único dueño. Al poseer la mitad del predio original y ver el estado de la subdivisión del terreno de acuerdo al régimen de condominio en el que se encontraba la propiedad, Barreiro planteó un reordenamiento de esta subdivisión y aprovechó la situación para dividir en dos la propiedad que adquirió, por lo que adaptó el régimen de condominio y la división del terreno a las necesidades de sus actuales dueños. Al comenzar con los trabajos de rehabilitación del inmueble y la restauración de sus fachadas, surgió la inquietud de los dueños de la otra casa por intervenir su propiedad, de modo que fue remodelada para cambiar el aspecto de sus fachadas, con la sustitución de los techos inclinados por techos planos, las herrerías, los colores y el acabado de las fachadas, con la intención de que armonizara con la casa construida originalmente.

Con la finalidad de que ambas casas mantuvieran una relación visual entre ellas y con los jardines, los dos dueños acordaron respetar los límites de las propiedades sin necesidad de levantar grandes barreras físicas que obstaculicen o fraccionen las visuales interiores del gran predio. Esto propicia que los espacios se perciban más amplios y libres, y se honre la esencia de lo que originalmente fue el Pedregal.

Por otra parte, por las extensas dimensiones del inmueble original, el arquitecto Plutarco planeó dividirlo para crear dos viviendas completamente independientes. Lo resolvió de forma discreta, logró disimular o minimizar este cambio y las otras intervenciones que hizo para adecuar la casa a sus necesidades. Así, aseguró en gran parte el aspecto de las fachadas que diseñaron Augusto H. Álvarez y Jorge Flores Villasana.

Durante las obras de restauración y remodelación de la casa, el arquitecto Plutarco descubrió algunos datos interesantes, entre ellos, la forma en que trabaja su estructura mixta, que comienza con las ocho imponentes columnas de concreto que sostienen a la primer losa, cuyas trabes invertidas no son visibles, por lo que a simple vista aparenta ser una losa de gran anchura, sin embargo funge como la estructura de un piso falso para la losa de Ciporex (placas prefabricadas de concreto aligeradas con burbujas). De las trabes invertidas emerge otra estructura que consiste en columnas esbeltas de acero que sostienen el siguiente nivel. Al retirar los plafones de madera que daban una apariencia regular al techo, se descubrió la estructura real de la última losa, que resultó tener dos pendientes; esto permitió colocar las instalaciones del aire acondicionado, mientras que la doble pendiente da la sensación de ser una losa más esbelta y plana.

Algunas de las intervenciones más relevantes para el cambio de la morfología y apariencia del inmueble en su exterior consistieron en la creación de un nuevo estacionamiento. En consecuencia, se eliminó la piscina y las escaleras del patio que conectaban la parte exterior del primer estacionamiento con el jardín que descendía, para crear una rampa en su lugar y así tener acceso al nuevo estacionamiento ubicado en lo que fue el área social exterior debajo del edificio. Otro cambio importante fue la demolición de la escalera de acceso a la casa para crear dos nuevas escaleras con un aspecto similar, las cuales suben a las dos entradas independientes de las viviendas; asímismo, se sustituyó el portón metálico por uno de madera. El área de servicio, que antes albergaba una pequeña caseta de vigilancia, conservó su característica cubierta de paraguas que se sostiene con una sola columna de concreto.

Por último, fue integrada una nueva pasarela de acero y madera en voladizo que parte del estudio en la azotea, que se eleva sobre el jardín posterior y se extiende en sentido perpendicular a la casa a manera de mirador dirigiendo la vista hacia la reserva ecológica; esto terminó por cambiar el carácter de su fachada al ocultar la visual desde el jardín al volumen del estudio.

Entre las modificaciones de las áreas interiores, además de cambiar casi toda su configuración, destaca la sustitución de los plafones de madera en la mayor parte de la casa por plafones blancos en un juego de desniveles que aprovecha la pendiente del techo, y el cambio de las alfombras originaes por losetas de mármol. Una de las adecuaciones que también alteraron –de forma discreta– la fachada fue la ampliación de la recámara principal hacia la barda de colindancia, con muros y techos de vidrio que se remeten respecto a los paramentos de las fachadas, con la finalidad de que no sean visibles de manera inmediata desde el exterior. Otra más fue la intervención en el vacío por donde pasa el árbol, donde se cerró la losa inferior con vidrio y se abrió la losa superior a su tamaño original para colocar un vidrio en forma de domo, lo que permitió conservar el árbol, en una integración directa con el interior.

Sin lugar a dudas, en la casa Quintana se respira la esencia de Augusto H. Álvarez y Jorge Flores Villasana, quienes siguieron en parte los lineamientos del sueño que Barragán alguna vez visualizó para estos predios. Hay mucho que agradecer al arquitecto Barreiro, a la sensibilidad con la que ha tratado estos espacios, los cuales son un claro ejemplo de cómo puede ser posible la conservación de una arquitectura patrimonial sin sacrificar su adaptación a la situación y necesidades actuales de los dueños. Jardines del Pedregal es un espacio con interesantes joyas arquitectónicas y la casa Quintana es una gran muestra de ello.